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Trump tiene en al rojo vivo a su asesor de seguridad por asercarse a Rusia

EEUU

Trump tiene en al rojo vivo a su asesor de seguridad por asercarse a Rusia

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Michael Flynn, máxima autoridad en seguridad nacional de la Casa Blanca, asesor directo del presidente y alto cargo del Consejo Nacional de Seguridad, podría ser la primera víctima del turbulento arranque de la presidencia de Donald Trump. Flynn está en la cuerda floja por un tropiezo en el asunto más sensible con el que convive la nueva Administración -Rusia- y nadie ha salido en su ayuda.

El escándalo estalló la semana pasada y el silencio del presidente y de su equipo más cercano da buena cuenta de la debilidad de Flynn en estos momentos. El silencio es de cara al público, porque, bajo el anonimato, muchos en la Casa Blanca dan por sentado que el asesor ha perdido el favor del presidente. El pasado jueves, The Washington Post publicaba un artículo largo en el que constataba que Flynn había mantenidoconversaciones con el embajador de Rusia en EE.UU., Sergyuei Kislyak, antes de que Trump jurara el cargo como presidente y que, en esos contactos, se discutieron las sanciones impuestas por Obama a Rusia. El asunto no es baladí: las llamadas telefónicas entre ambos, que están siendo investigadas por el FBI, han sido interpretadas como una posible oferta a Rusia de relajar las sanciones una vez Trump llegara al poder. De ser así, significaría una acción inapropiada para un miembro del equipo de transición presidencial que incluso podría tener consecuencias legales.

Injerencias

En aquel momento, la inteligencia de EE.UU. ya había dado señales de que el Kremlin estaba detrás de las injerencias en las elecciones presidenciales a través de ciberataques, que tenían como objetivo favorecer la victoria de Trump. Las sanciones impuestas por Obama tenían que ver con esas injerencias, que por aquel entonces el presidente electo todavía no había reconocido (no lo haría hasta su primera rueda de prensa como presidente). Los contactos se producían además en un contexto en el que se cuestionaba la posición que la Administración Trump mantendría acerca de Rusia, después de haber mostrado sintonía con durante la campaña y de haber colocado como secretario de Estado a Rex Tillerson, ex consejero delegado de la petrolera ExxonMobile, con lazos muy fuertes en Rusia.

El problema para Flynn no es solo que mantuviera conversaciones cuestionables con el embajador ruso. Lo que le puede suponer un problema con Trump es que engañara a altos cargos de la Administración incipiente.

«No hablaron de nada que tenga que ver con la decisión de EE.UU. de expulsar a diplomáticos o imponer sanciones contra Rusia», dijo a mediados de enero el entonces vicepresidente electo, Mike Pence. Llegó incluso a negar que hubiera habido contactos entre el equipo de Trump y Rusia durante la campaña y que lo contrario sería «dar pábulo a rumores extravagantes». Pero ahora también se sabe que otros contactos entre Flynn y Kislyak se remontaban a antes de la cita con las urnas.

Por aquellos días, Reince Priebus, jefe de Gabinete de la Casa Blanca, y Sean Spicer, secretario de Prensa, también rechazaron que se hubieran tratado las sanciones a Rusia en esas conversaciones.

«Pérdida de memoria»

Después de haberlo negado en la víspera, un portavoz de Flynn reconocía después que Flynn «no se acordaba de si hablaron de sanciones» pero que no podía estar seguro «de que el asunto saliera a colación». La admisión dejaba de hecho a Pence, Priebus y Spicer con el trasero al aire y con la credibilidad de Flynn hecha añicos.

Trump, que es quien tiene la última palabra sobre el futuro de Flynn, no ha dicho nada al respecto. Cuando se le preguntó sobre el asunto, dijo no saber nada de ello. Desde entonces, silencio de puertas afuera. De puertas adentro, la situación es diferente. «Él cree que es un problema», dijo una fuente cercana al presidente a la publicación Politico. «Yo estaría preocupado si fuera el general Flynn».

«A Flynn se le están acabando los amigos, no hay duda», aseguró una fuente de la Administración al Post. «El consenso en la Casa Blanca es que mintió. El vicepresidente cree que mintió. Me sorprendería que durara mucho tiempo».

El escándalo se produce además en un momento en el que reina el desconcierto en la gestión de los asuntos de seguridad nacional: hay altos cargos a los que no se les informa del contenido de las llamadas de Trump a líderes extranjeros, las posiciones de la Administración navegan a golpe de tuit del presidente, las filtraciones a la prensa son continuas y ha habido cambios muy criticados en el Consejo Nacional de Seguridad, como la incorporación del estratega jefe de la Casa Blanca, Steve Bannon.

Como era de esperar, la oposición no ha tardado en aprovecharse de la crisis de Flynn y la tensión que le rodea. «Por el momento, el Consejo Nacional de Seguridad es muy disfuncional», criticó Adam Schiff, representante demócrata, a The New York Times. Su colega Elijah Cummings exigió que se suspendiera a Flynn. Nancy Pelosi, la líder demócrata en la Cámara de Representantes, aseguró que Trump «se está postrando ante Putin, lo que pone en peligro nuestra seguridad nacional y refuerza a un tirano peligroso».

De entre los más cercanos a Trump, solo salió a la palestra Stephen Miller,otro asesor del presidente, y valor emergente en la Administración. El domingo estuvo de gira por los programas políticos de la televisión y no hubo por su parte el menor rastro de defensa de Flynn. Reconoció que un posible engaño al vicepresidente sobre las conversaciones con Rusia era «un asunto sensible». A la pregunta de si Trump mantenía la confianza en Flynn, Miller respondió que no era su papel «decir qué pasa por la mente del presidente». Trump felicitó a Miller a través de Twitter por sus intervenciones. De Flynn, todavía no ha dicho nada.

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